miércoles, 7 de marzo de 2018

Marea y la Ale (su fundadora)

La Ale y yo hemos sido compañeras desde la guardería hasta el fin de la secundaria. Tengo una foto de la guardería en la que ella es uno de los enanitos de la Blanca Nieves y yo soy el espejo. Debemos tener alrededor de cuatro años, su pelo es rubio y el mío negro. Hay otra de primaria que estamos sentadas en un graderío de piedra del colegio, ambas vestidas con bandanas rojas y short de jean al estilo del grupo noventero Garibaldi. Diez años después aparecemos bailando encima de la barra de un bar en Panamá en nuestro paseo de sexto curso. De enanitos, espejos, cantantes y bailarinas ahora somos mamás y desde aquí nos hemos re-encontrado.

Ya embarazada recibí un mensaje de ella felicitándome por mi embarazo. Me emocioné, no hablábamos nunca, no éramos cercanas, no lo esperaba. Desde ahí estuvo presente, pendiente, compartiendo hermosa información conmigo que acompañaba mi gestación. En especial, recuerdo un texto que ahora yo lo comparto con mis amigas sobre el tiempo extraño que significa los últimos días del embarazo, ese tiempo intermedio,  ni de que ni de allá, con un pie en tu vieja vida y otro en la nueva. La visita de la Ale en mi posparto fue muy especial. Me acompañó en mi cuarto, me dijo que me veía muy bien, almorzamos sopa de verduras y ensalada y me dio una bolsita amarilla de regalos.  Tan simbólica, tan sensible, tan necesaria.


Nibs de chocolate para el hierro.
Gotitas “Consuélame" de extracto de San Juan para la tristeza.
Maní para la energía.
Calendario Lunar para recordarme la luna que hay en mí.


La Ale aborda la maternidad como un mundo lleno de posibilidades. Una ventana para cambiar el mundo. Una revolución. Ella es una mamá que enseña, que acompaña, que aprende, que reúne, que comparte, que reflexiona y creo que Marea, una jornada para mamás es justamente esto. Un proyecto que también es ella misma. Un espacio que condensa las posibilidades de la maternidad, que honra las diversas maternidades, que apuesta por la increíble oportunidad de conocimiento, de creatividad y crecimiento interior que atraviesa  esta experiencia. Todo esto juntas, con el calor y la fuerza de la tribu, de la carpa roja, del gran coro.

Yo fui a la primera versión de Marea cuando Antón tenía tres meses, estaba en el boom de mi recién inaugurada maternidad. Ese día me sentía vigorosa, energizada. Había superado gran parte del posparto, era de mis primeras salidas fuera de mi casa-nido desde el nacimiento de Antón, estaba ilusionada Mi nueva piel estaba ya dispuesta. Marea fue para mi la punta de un hermoso ovillo que he ido hilvanando en este camino de la maternidad. El ovillo que teje el gran círculo de mujeres que es la maternidad y que me acompañan. Mis amigas mamás, mis grandes compañeras de crianza. Mis amigas que no son mamás y mis hermanas que acompañan mi maternidad, que nos visitan al Antón y a mi sin aburrirse y que tal vez no saben lo importante que es eso para mi. Mi mamá, mi apoyo, mi eje, mi referencia. Mis grupos de mamás, la generosidad de sus consejos, de sus experiencias, las receptoras amorosas de mis quejas en los días de desborde. Las mamás virtuales que comparten información, sus historias y las hermosas fotos de sus hijos lactando. En Marea me di cuenta que a mis preguntas y a mis miedos las acompaña un ejército de mujeres que han transitado por lo mismo, que me entienden, y me reconocen como una más de ellas. Me di cuenta de que la maternidad exige pero también da y que al recibir transformamos esa fertilidad en emprendimientos, libros, ideas, historias, experiencias. Que la maternidad, afortunadamente, se aleja de la perfección, de la verdad absoluta, que puede ser la oportunidad de vernos, de profundizar en los contextos en los que ejercemos nuestra maternidad, de sincerarnos, de encontrarnos.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Lactancia, mastitis y respeto por el biberón

La lactancia ha sido un gran tema en mi maternidad, siento que podría escribir un libro completo al respecto. Vengo de una familia en la cual las mujeres dan de lactar fluidamente y sin la mínima complicación. Leche a borbotones, cero mastitis y pezones intactos. Las historias sobre lactancia que yo había escuchado eran lindas, fáciles y tranquilas. Con este antecedente, supuse que mi experiencia iba a ser igual y poco me preocupé al respecto. Gran sorpresa la mía cuando a los pocos días de nacido Antón dar de lactar empezó a convertirse en una tortura. Tenía los pezones destrozados, cada vez que el Antón se agarraba de mi pecho yo veía estrellas, apretaba la mandíbula y comenzaba a sudar del dolor que su succión me producía, incluso pedía que me dejaran sola para no descargar mi rabia con los que estaban cerca. Estaba convencida de que ese dolor me duraría poco y estaba determinaba a que lo lograríamos. En un curso previo que habíamos tomado, la tallerista lo había explicado muy simple, lo dispuesto que estaba nuestro cuerpo, el agarre adecuado, las diferentes posiciones, la libre demanda, el apego inmediato y una lámina que tachaba con una X roja la foto de unos biberones y tarros de fórmula. En mi mente era un tema de voluntad de la mamá y para ese entonces juzgaba rápidamente a las mujeres que optaban por fórmula y me decía a mi misma que eso yo nunca lo haría. Leía, veía videos sobre un correcto agarre, contacté una doula, pasaba todo el día sin camiseta para que mi pecho recibiera aire, usaba cremas, hierbas y nada lograba calmar el dolor de mis pezones sangrantes, además de las constantes e intensas punzadas y calambres que sentía en el pecho. Recuerdo con mucho cariño que me puse en contacto telefónico con Johanna Pinargote -ex coordinadora del grupo de lactancia de la Universidad Andina- con quien me desahogue en el teléfono, le dije que sinceramente ya no daba más, que estaba sufriendo mucho. Lloraba al teléfono con alguien que no conocía personalmente (hasta ahora) pero que a cambio me escuchaba atentamente, me respondía con dulzura, entendía mi dolor, había pasado por lo mismo y lo había logrado, me alentaba a que continuara. Esa pequeña llamada me consoló mucho y me abrió a uno de los hermosos regalos que trae la maternidad: la empatía y solidaridad con la cual empezamos a reconocernos y apoyarnos entre mujeres.
Algunas semanas después empecé con 38 de fiebre, luego de quince minutos ya tenía 39 y a la media hora estaba ya en 40. Había empezado una mastitis en mi pecho derecho y lo único que quería era acostarme hecha un ovillo en el sillón de mi casa cubierta por una montaña de cobijas. Estaba con el pecho ardiente, tenia un dolor muy intenso y la fiebre no me permitía encargarme enteramente de mi hijo. Por suerte, estaba ahí mi tribu, sosteniendo, encabezada por mi mamá y mi esposo quienes tomaron control del asunto. El médico me recetó antibióticos y a los pocos días me recuperé, sin embargo el dolor de mis pezones y los calambres en el pecho no habían disminuido y empecé a sentirme muy frustrada. No estaba disfrutando en lo más mínimo de la lactancia, solo lo hacía por convicción, por nada más, y por una culpa enorme de no lograrlo. Además, a las dos semanas de recuperada de la primera mastitis llego la segunda. ¡No podía creer realmente! ¿Por qué nadie me dijo que era así de difícil? ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no me preparé más? ¿Por qué soy tan obstinada y no dejo ya esta tortura? ¿Por qué lacta todo el día y toda la noche y yo siento que ya no doy mas? Y así una retahíla de preguntas que hacían de mi posparto un lugar oscuro para mi. Recuerdo un almuerzo con mi mamá en el cual me planteó repensar la lactancia y tal vez tomar una alternativa. Estás muy triste y frustrada, eso no es bueno para el bebé, no tiene sentido, me dijo. Lo acepté y me dije a mi misma que haría un último esfuerzo y que sino funcionaba dejaría de intentarlo. A la par, por esos días contacté con Pathy Muñoz, llegó a mi casa, y al contrario de lo que me esperaba, me dijo: vamos a hacer todo lo posible pero si no lo logras está bien, yo conozco mamás que acompaño que les dan fórmula a sus bebés, tranquila. Yo di de lactar un mes a mi primer hijo. ¡Magia, fueron esas palabras  para mi! Conocí a alguien que no me exigía ni me juzgaba como yo lo hacía, que me dejaba en paz, que no ponía láminas con biberones tachados por una X roja, es más no le parecía mal que yo no lo logre y que opte por la fórmula, que me permitía esa opción que a mi me llenaba de culpa. Esa apertura fue importante para mí, me trajo nuevas energías, otra visón, de intentar sin presión, por fuera de la frustración, desde la humildad, desde la posibilidad de abandonar la lactancia, también. Ese cambio de eje me permitió relajarme y  esperar con menos tensión a que se vayan los calambres y a que mis pezones curarán, a dejarlos descansar y a usar el biberón para que alcancen a cicatrizarse, afortunadamente.  Me acuerdo que la primera vez que logré darle de lactar de mi pecho derecho sin dolor lloré de la emoción y le escribí a la Pathy llena de euforia. Lo íbamos logrando.
Durante esos primeros meses, mis pechos eran mi centro emocional, todo ocurría, por, con y a través de ellos. Nunca me había fijado tanto en esta parte de mi cuerpo, la que además guarda al corazón por dentro. El chakra verde del corazón, la capacidad de dar y recibir, de abrirse a la vida, de abrir los brazos y volar.  Alrededor de los dos meses y medio de Antón tuve una discusión con mi esposo y en cuestión de treinta minutos tenía una bola ardiente en el pecho derecho y una fiebre alta, otra vez. Una parte de mi enfurecía con la aparición de mi tercera mastitis pero otra parte de mi se alegraba silenciosamente. Se alegraba de estar enferma para descansar más, para dormir, para pedir ayuda sin culpa, para tomar un break de la maternidad. Al momento de tomar consciencia de esta estrategia,  que una parte de mi traía de vuelta a esta enfermedad, que la necesitaba, decidí no tratarme la mastitis con más antibióticos y fui al homeópata. Mi cita con el homeópata fue el funeral de mi vida antes de Antón. Acepté que me costaba mucho ser mamá, que me daba nostalgia dejar mi vida pasada, nuestra casita de dos, qué sentía pena del fin de una etapa de mi vida, que me sentía con miedo y muy cansada, que no soy la mujer solvente que aparento ser, que ha viajado el mundo sola y que no pide ayuda, sino que ahora soy esa mujer que necesita de su esposo, de su mamá, de sus hermanas, de la Juanita y de todo aquel que me pueda sostener para poder gestionar ese momento de mi vida, el nacimiento de mi hijo. Esa confesión curó mis mastitis sin un antibiótico y para siempre. Sinceridad y humildad, eso necesitaba.
A mi cuerpo le tomó más de tres meses dar de lactar sin dolor, y mentiría si diría que ahí se termina mi historia con la lactancia y que todos fuimos felices para siempre. La lactancia sigue  teniendo sus retos para mi en sus diferentes épocas: la extracción de leche al regresar al trabajo, encontrar espacios, tiempo y lugares de almacenamiento, la leche regándose en el momento menos adecuado,  la falta de stock de mi banco de leche y la complementación con fórmula a los 7 meses, los mordiscos en la dentición, la huelga de hambre que me hizo Antón a los 11 meses, la lactancia nocturna, un futuro destete. Tengo una relación ambivalente con la lactancia, la amo apasionadamente y hay días que simplemente no la soporto. Salir a trabajar y saber que dejo una parte de mi a mi hijo ha valido la pena todo el esfuerzo. Ver que mi hijo crece, gatea, casi camina y hace los sonidos de muchos animales  y aún así lo puedo sostener con mis dos brazos y ponerlo en mi pecho, me conmueve cada vez más. Darle de lactar y calmar su llanto, darle de lactar cuando está enfermo y es lo único que lo alimenta, darle de lactar y bromear que le como el dedo y ver su sonrisa en mi pecho, son momentos que me siento afortunada de tenerlos y que agradezco que tuve el ambiente de apoyo que me permitió hacerlo. 
Espero jamás volver a juzgar a las mujeres que usan fórmula, las mujeres requerimos de un entorno para instaurar una lactancia exitosa en nuestro posparto y esas condiciones muchas veces no existen.  ¿Qué tal si mi esposo y mi mamá no me hubiera apoyado?  ¿Qué tal si no hubiera tenido los medios para contactar con una doula o con un médico? ¿Qué tal si mi tipo de trabajo no me hubiese permitido espacio o tiempo para la extracción? ¿Qué tal si la dureza del posparto hubiese terminado en una depresión? Ahora entiendo que la lactancia es una responsabilidad de todos como comunidad y  que no depende únicamente de la voluntad de la mujer y de nuestros cuerpos. Es más, creo que mientras más responsabilizamos a las mujeres de los altos índices de lactancia artificial (más del 50% en Ecuador) menos vamos a resolver las causas integrales que ocasionan esta problemática. Necesitamos de apoyo en la casa, en el trabajo, en los espacios públicos, necesitamos muchas veces de los medios económicos para pedir asesoría, necesitamos de políticas, de más solidaridad, de amigos, de familia, de mucha más comprensión para lograrlo. Cuando todas las mujeres tengamos todo esto, entonces ahí será el momento de exigirnos entre nosotras, mientras tanto, disfrutemos de la hermandad que nos ha traído la maternidad. 

viernes, 16 de febrero de 2018

Para Antón

Enero-Febrero 2018
Mi querido Antón:

Un año ha pasado desde nuestra gran lucha. Después de 20 horas, encontraste tu camino para salir de mí y yo te dejé ir. De uno, dos. Sin duda, un pasaje cerca de la vida como de la muerte. No puedo imaginar, ninguna otra forma más profunda de intimidad. Lo logramos juntos, tu aguantaste y yo también. Seis de enero de 2017, 18H57, escuché tu llanto por primera vez. En ese momento el sentimiento que me invadía era alivio, un alivio enorme que de tan enorme era desconocido. Dormimos juntos y antes del amanecer te llevé a los brazos de tu papá, quien pocas horas después frente a un ventanal que daba al Volcán Ilaló, sostenía tu cuerpo con sus dos manos, mientras los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana. Fue una mañana mágica, cálida, como de un sueño lejano con una música bajita, un murmullo.

Desde ese día tu papá y yo constatamos algo que ya lo presentíamos, nos habían regalado un diamante, y es por eso que en la mañana de tu primer cumpleaños festejando tu primera vuelta al sol y la nuestra como papás, cantábamos emocionados hasta las lágrimas "me han regalado un diamante, y no sé qué hacer con tanta luz, abro mi mano un instante y brilla hasta el cielo limpiando el azul…"

Los días y meses después de tu nacimiento fueron agotadores. Pensé que la maternidad fluiría en mí y no fue así. Me enfermé, me sentía exhausta y triste, confundida y tu demandabas todo de mí y yo en ese momento pensaba que poco recibía a cambio. Poco a poco fui aprendiendo a conocerte, a ser mamá, a ser tú mamá. Tuve que aprender todo, desde como colocar un carseat, hasta como amamantarte, pasando por diversas experticias que eran totalmente desconocidas y difíciles para mí en lo torpe y despistada que soy.  El día que llegamos a la casa me di cuenta lo poco práctico que era nuestro cuarto para tu llegada, un velador repleto de libros fue inmediatamente reemplazado por gasas, suero fisiológico e implementos que aún no sabía ni para que servían. Si no hubiera sido por la practicidad y previsión de tu abuela y tus tías no sé cómo me las hubiera arreglado. Ellas durante meses habían preparado todo para ti, implementos de limpieza, toallitas, sábanas, ropa. El hobby de tu abuela durante los meses de embarazo era entrar a tu cuarto y revisar una y otra vez que todo este perfecto, puro y limpio para tu llegada.

Durante esos primeros días cuando me acordaba de algún “problema” de la oficina todo me parecía insignificante frente a la labor que yo estaba desempeñando, estaba aprendiendo a cuidar a un pequeño y fragilísimo ser humano, nada era más importante que eso. Al final de nuestro primer año puedo decirte que me has llenado de oficios -aplicada lectora de cualquier artículo que llega a mis manos así como miembro permanente de redes social de mamás en construcción como yo- ahora soy cuasi pediatra, cuasi guía montessori, cuasi consultora de sueño y lactancia y eso sí un cancionero andante y completísimo de música infantil, nanas y lullabies.

Quisiera hacer un alto, y contarte que en estos días hubo un momento que nunca olvidaré, y que difícilmente podré comunicar su dimensión en esta pequeña carta. Tu estabas recién fijando la mirada, yo estaba amamantándote, Me regresaste a ver, nuestros ojos se encontraron y se reconocieron por primera vez. No se reconocieron desde nuestras miradas, sino desde un lugar mucho más profundo. Antón, nuestras almas se estaban saludando, te lo prometo. Fue un instante, ese instante, por siempre y para siempre.

Los siguientes meses fuimos creciendo. Ya me veía bañándote sola, llevándote conmigo al supermercado y haciendo una parada de café y polvorones, yo en mi silla, tu en tu cochecito. Los dos comenzamos a sonreír más, y a llorar menos, y alrededor de los 6 meses dijiste por primera vez, mientras estábamos en la ducha MAAM. Llegaron las gracias, los ojitos, las pésimas noches, las primeras enfermedades y primeras palabras, la pareja que tu papá y yo construíamos. Un año cansado, un año hermoso, un año fértil y creativo de inicio a fin, mi rey mago. 

Baraka, Carnaval 2018

Ser mamá no ha dejado de ser para mí un acto heroico, el cual me implica diariamente enormes dosis de energía, alerta, tiempo, entrega y paciencia, de las cuales hay veces que quiero escapar. Glennon Doyle describe a la maternidad en dos tiempos: Chronos y Kairos. Chronos el tiempo regular, el que me hace sentir alivio cuando sé que la tarde la pasarás con tu papá y yo podré por fin descansar o leer o hacer nada si así quiero y Kairos, el tiempo de Dios, el cual me hace sentir que lo que yo te doy a ti es una gota de agua en el mar de transformación, evolución y amor que tú has traído a mi vida.

Entre tú y yo, yo soy ese edificio con columnas fuertes pero agrietado en la mitad de una exuberante y húmeda selva. Un edificio rojo que ha sobrevivido fuertes tormentas que han dejado su impronta. Una grieta lo atraviesa de sur a norte, hay otra queriendo trepar una de las columnas como una serpiente enroscada y otras discretas que se esconden como arañas pequeñas en las paredes laterales. Entre tu y yo, tu eres oro. Eres el oro que cubre mis grietas, el oro que pone juntas mis piezas rotas, y al ponerlas juntas me hace más fuerte y hermosa que antes.Tu nacimiento colmó con oro las heridas y es ahora el edificio más bello. Tu, kintsugi para mi vida.

Gracias. Gracias. Gracias.

Tu mamá,
Te ama,

María Paz. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Una mamá que trabaja fuera de casa

La noche antes de regresar al trabajo estaba nerviosísima, insomnio toda la noche, el estómago hecho pedazos. El Antón no cumplía aún tres meses siquiera, separarnos me partía el alma. Era jueves, 30 de marzo, cumpleaños de mi mamá, esa coincidencia me pareció un buen augurio. 

Han pasado más de seis meses ya, no ha sido fácil, días mejores que otros, el arte del equilibrio entre el trabajo y la casa. Volver a trabajar en un país donde no hay políticas integrales a favor de la maternidad y la lactancia y donde no existe una consciencia de apoyo a las madres hace que uno tenga la impresión de que vives en una lucha constante por tiempo y espacio para la extracción de leche, por el reconocimiento a esta profesional que ahora también es mamá y por el horario de lactancia. Un horario de lactancia que en la práctica implica trabajar lo mismo que antes pero en menos horas. Ya no eres la misma pero cuando has regresado a tu peso anterior, la gente repite  "pero si no te ha pasado nada" ¿Nada? ¿Nada? Ja ja ja, convertirse en mamá es lo más parecido a mudarse a otro planeta, como diría Laura Gutman. 

Han pasado más de seis meses y esta decision me ha traído también gratas sorpresas.  Mi hijo y su papá desarrollaron una dinámica propia y más cercana. Ese espacio que dejé yo ocupó gente como mi mami, el Leo y la Juanita que aman y conocen muy bien a mi hijo y  Antón es ahora un bebé que se adecua fácilmente a otros espacios, a otras manos, a otros afectos y eso es muy lindo para mi. Recuerdo que caí en cuenta de esto cuando me tocó encargarlo a un compañero de trabajo mientras yo daba una charla.  De lejos, lo veía y el estaba muy tranquilo, no conocía a mi compañero y estaba feliz compartiendo y jugando con él, sentí que habíamos hecho un buen trabajo.

Estoy consciente que no hubiese tomado esta decisión sin el apoyo de mi mamá y del José que me permiten estar tranquila trabajando porque se que está cuidado, amado y protegido. Por mi personalidad, volver al trabajo significó para mí una práctica sana que me permite tener otros espacios además de la maternidad y que los necesito. Sin embargo, debo decir que tuve que trabajar la culpa, el estigma de no sentir que lo abandonaba sino de sentirme orgullosa de que podía ser multifacética, su mami y también ser un poco de lo que yo era antes de él. Sentí que era ahora o nunca o generaba una relación sostenida en el disfrute o en el sacrificio. Elegí el disfrute. 

La Cosecha

El Distrito Metropolitano de Quito se compone en un 90% de territorios rurales en dónde habitan uno de cada tres quiteños. Hay treinta y tres parroquias rurales y cincuenta y ocho comunas activas que cuentan la historia de un Quito diferente. Un distrito rural donde confluye la magia de nuestro patrimonio natural e inmaterial. El canto ceremonial de la cosecha es una de las tradiciones que se mantiene viva año a año en la Comuna de Aloguincho, fundada el 16 de noviembre de 1938 por los huasipungueros de la antigua Hacienda Conrogal de la Parroquia de Puéllaro.

En la Comuna se corta la cebada una vez al año, julio o agosto dicen los comuneros cuando ya el grano está seco. A las siete de la mañana empieza la cosecha, los comuneros con la hoz en mano van cortando y entonando cánticos. Uno da la primera voz “aijoooo” y los otros responden cantando en agradecimiento a la tierra, a dios y a los buenos muchachos. Es el himno a la cosecha que lo cantan unas partes en kichwa y otras en castellano. Luis Alberto Cansino, comunero de Aloguincho de ochenta y dos años cuenta que desde sus doce años participa en la cosecha, que cantando se corta con ánimo y que sirve para concentrarse y alentarse. 

Un mantra.
El de la cosecha, el de la abundancia y el agradecimiento.

El proceso de la cosecha está muy bien organizado y cada comunero tiene un papel importante. Los cortadores van haciendo wuanguitos (pequeños montones de las espigas de cebada) que son recogidos por los cargadores y llevados a los hombres que están en la trilladora para luego pasarlos a quienes están a cargo de enfundar los granos y coser el filo de los costales. También está el comunero que en una mano carga la chicha de jora y en la otra el aguardiente de caña que va ofreciendo a sus compañeros para alentarlos en su trabajo. Esto ocurre arriba en el monte y abajo las mujeres esperan preparando la comida con la cada comunero se reconfortará al final de la jornada. Platos que Luis Alberto los recuerda con claridad: la colada de harina de maíz, el morocho molido y el arroz de dulce.

 Quito ancestral, indígena y mestizo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Mi primer día de la madre


Mi primer día de la madre pasé malgenio. Me levanté 5.30 de la mañana para darle de comer al Antón, estaba muy cansada, los dos mes de haber regresado al trabajo ya presentaban los primeros signos de agotamiento. El día de la madre necesitaba ser menos mamá. Necesitaba poner un poco de distancia con mi hijo y como ya me había pasado antes, ese día él reclamaba más de mí. El siente que yo necesito espacio y él necesita más de mi. Es lógico, soy su fuente de alimento, de seguridad y de amor, no hay breaks. Creo que atrás de la mamá radiante y homenajeada de la publicidad hay mucho cansancio, ganas de tomar vacaciones y de salir una noche sin armar logística para aquello. Hay días que me cuesta mucho ser mamá, que el cansancio me invade, que me da ganas de salir corriendo. Mi primer día de la madre muy lejos estaba yo de parecerme a esas madres de portada.

¿Por qué se habla tan poco de esto? ¿Por qué se supone que la maternidad nos debería convertir de pronto en mujeres felices, resueltas y claras? La verdad es que la maternidad es un reto muy grande, un experiencia transformadora que como tal viene acompañada de encuentros con nuestras carencias, heridas y limitaciones. Es un cambio total, abrupto e irreversible en nuestra vida. Acaso no nos damos cuenta que mientras sigamos hablando con poca honestidad de lo demandante que es ser mamá más incompatibles van a seguir  siendo las instituciones para las necesidades de una madre lactante, menos van a ser las políticas de apoyo a la maternidad, poco cambiarán las dinámicas familiares y el espacio público seguirá siendo tan poco amigable para nosotras. Ser francas no es querer menos a nuestros hijos, ni ser malas mamás, es compartir una experiencia en transparencia y entender que no hay mejor mamás que otras porque lo maravilloso de la maternidad es que todas hacemos lo que mejor podemos con lo que tenemos.

Pienso en lo que era mi vida antes y como es ahora y me siento una súper heroína y eso siento también por todas las mamás. Hago lo mismo que hacía antes en nueve horas de trabajo ahora lo hago en seis, duermo un 30% menos y mantengo lactancia materna exclusiva con mi hijo a costa de mucha perseverancia, apoyo y esfuerzo. Me parece fantástico como la maternidad ha despertado en mi sensibilidades y una consciencia mucho más fina. Nunca antes había sentido esa ternura y amor por los niños (y cachorros), por cuidarles y por procurar sus necesidades. Siento ahora que el mundo será mejor siempre y cuando creemos un sistema para proteger el inicio de la vida, un sistema en donde el centro sean estos seres impolutos, frágiles y perfectos. Ahora mi ciudad es un espacio diferente para mí, sí en un lugar entra un coche y hay cambiador ese lugar vale la pena, cruzo miradas de mucha complicidad con otras mamás en la calle y  de alguna manera examino en cuestión de segundos sí el lugar en el que estoy es bueno o no para mi hijo. Mi capacidad creativa se ha expandido en mil, casi todas las semanas se me ocurren nuevos proyectos, negocios e ideas. He vuelto a escribir como lo hacía en una época de mucha introspección en mi vida.  Ahora soy capaz de estar al servicio de otro ser humano todo el día y  casi siempre con lo mejor que tengo para ofrecer. ¿No es eso increíble en una sociedad que privilegia por sobretodo el éxito individual, lo fácil y el placer inmediato? Desde este punto de vista, creo que la maternidad es un acto subversivo y por supuesto muy valiente.

Mayo, mes de las madres, 2017. 

martes, 4 de abril de 2017

Ser mamá

Imaginemos que soy un gran rompecabezas, compuesto por muchas piezas que relatan mis facetas, mis gustos, mis espacios, mis memorias, mis miedos y mis talentos.

Imaginen que un día el tablero se cae y las piezas se desperdigan hacia todas las direcciones. Unas abajo de la mesa, otras se rompen, otras quedan dadas la vueltas, varias desaparecen....

El tablero queda vacío, limpio, franqueado, desarmado.

Eso es un parto.

Imaginen que de a poco, muy de a poco, un día vuelve a calzar una ficha, luego inesperadamente otra, y así despacio y con calma nuevas fichas empiezan a ensamblarse lentamente formando ya una nueva figura.

La maternidad.

Hoy se ensambló una ficha importante para mí. Una parte de mi volvió a re-surgir.